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“AFGANISTÁN. LA GUERRA ENQUISTADA”: LA GUERRA CONTADA CON UN PERIODISTA DESDE EL FRENTE

17 diciembre, 2020Pablo-Ignacio de Dalmases | miércoles, 16 de diciembre de 2020, 14:09Se ha dicho que la profesión de periodista era la segunda más peligrosa del mundo después de la piloto de aviación militar. A juzgar por el testimonio de Jorge Melgarejo en “Afganistán. La guerra enquistada” (Laertes) debería ocupar el primer lugar. Ahí es nada la peripecia vivida por este intrépido informador que cruzó ilegalmente hasta treinta veces la frontera de Paquistán con Afganistán a partir de 1983 y permaneció 25 años en ese país azotado por las guerras.

Lo he leído con la natural curiosidad que, en este caso, estaba acrecentada porque, de alguna manera, yo viví aquella extraña situación desde el otro lado de las batallas. En efecto, mientras él estaba con los mujaidines, el gobierno procomunista, en plana campaña de lavado de imagen, me invitó a asistir en junio de 1987 a un congreso de periodistas de países no alineados que se celebró en Kabul. Conocí al entonces presidente Najibulah (para Melgarejo “el más sórdido y nefasto personaje”, que años más tarde acabó sus días secuestrado por los mujaidines de la sede de la ONU, arrastrado por la capital y colgado de una farola) y viví la paranoia de tener que permanecer encerrado con los demás congresistas en el Hotel Intercontinental por la absoluta falta de seguridad que había en la ciudad pese a la presencia de los soviéticos.

No cabe duda de que Melgarejo es un periodista audaz que ha vivido aquellas contiendas (contra los soviéticos, primero y de los talibanes contra los restos del régimen posterior seguidamente) que supusieron la pérdida de la vida de 1’3 millones de afganos y de más de 35.000 soviéticos. Todo ello en un país ciertamente singular en el que “la religión ocupa un aspecto fundamental de la vida” y cuyos hombres son sumamente hospitalarios, charlatanes e incluso divertidos, pero a la vez poseídos por la idea del honor, crueles, vengativos contra quien les ofende y capaces de un odio visceral hacia cualquier invasor. También comprobó la versatilidad de sus adhesiones, de forma que podían cambiar de bando -principalmente los jefes tribales importantes- con suma facilidad. En este contexto se movió y vivió como los mismos mujaidines, recibiendo de ellos el imprescindible apoyo, al punto de que, en alguna ocasión, atacaron de día -haciendo una excepción a su estrategia nocturna- para facilitarle que pudiera hacer fotos.

Conoció la compleja realidad tribal (pastunes, tayikos, hazaras, aimak, uzbecos, turconamos y otras etnias menores; sunitas unos, chiitas otros), comprobó cómo operaban los insurgentes, transportando armamento pesado y sofisticado a lomos de mulas, observó la forma en la que el gobierno reclutaba poco más que adolescentes desmotivados que desertaban a la primera oportunidad, contempló los indiscriminados bombardeos soviéticos contra los civiles de las aldeas -de hecho el aire y, en el mejor de los casos, las ciudades, fue lo único llegaron a dominar-, se asombró del libre tráfico de toda suerte de armas, se compadeció la inhumana situación de los campamentos de refugiados (¡seis millones!) en Paquistán, y constató la responsabilidad que tuvo este país en la implantación del régimen talibán.

Para todo ello tuvo que someterse a innumerables peligros: cruzar un río a bordo de un cajón colgado de un cable de acero, caminar en agua congelada que le llegaba a la cintura, atravesar senderos repletos de minas, subir montañas, sin agua ni alimentos, padecer disentería y malaria, resistir bombardeos y, en fin, toda suerte de incomodidades y privaciones, además de convertirse en moneda de cambio para los gubernamentales. “El periodista apresado -dice- era conducido y presentado a los medios de comunicación como un espía… una vez finalizada la utilización del periodista se realizaba un juicio sin ninguna garantía, tras el cual el mismo resultaba condenado a penas desproporcionadas en relación con el supuesto delito cometido… Comenzaban entonces las negociaciones entre los gobiernos; el régimen, haciendo alarde de una magnanimidad y una flexibilidad ficticias, terminaba cediendo y en una operación de lavado de imagen liberaba al periodista. (Pero) en la nueva situación ya no quedaba lugar para aspirar a la más mínima posibilidad de salvación creada en torno al montaje publicitario. Entre los pocos periodistas de la zona se filtró la orden que señalaba la imperiosa necesidad de no capturarlos vivos. El gran éxito que significaba su captura había dejado de tener la efectividad deseada y resultaba infinitamente más fácil justificar su muerte que asumir el peso molesto de mantener en prisión a un personaje que despertaba la solidaridad y las expectativas internacionales”.

Incansable en su vagabundeo profesional, acabó en Sudán y aunque no pudo entrevistar, como deseaba al terrorista Carlos, sí pudo hacerlo a dos protectores de Bin Laden: el nefasto presidente Omar el Bachir y el dirigente islámico Al Turabi y oír cómo este último le advertía: “Tardaremos mil años, pero tarde o temprano islamizaremos el mundo…”.

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